Jugar con muñecas… o no

mar

Goles a puerta cerrada

Siempre en punta, siempre cerca de la portería rival. Desde que apenas levantaba unos palmos del suelo, regateando defensas, chutando con fuerza, mejorando cada día, recorriendo aquellos campos de tierra en los que, literalmente, se dejaba la piel. Prometía mucho y fue cumpliendo todas las expectativas.

Ocupaba el sexto lugar en una familia de nueve hermanos y desde que le pusieron una pelota en los pies nunca dejó de driblar a quien se pusiera delante para luego disparar con potencia y meter uno, dos, tres, muchos goles. Cada vez más, como su ídolo Hugo Sánchez, que llenó de volteretas sus sueños. Marcar un gol en el Santiago Bernabeu, qué puede haber más gozoso que levantar los brazos mientras cien mil personas te jalean y gritan tu nombre.

Cuando ya no era una promesa, sino una realidad, empezó a recorrer Madrid encima de una motocicleta repartiendo paquetes. El fútbol y la moto son enemigos y cualquier código interno de un club, por modesto que sea, prohíbe a sus componentes circular sobre dos ruedas. Su caso era distinto porque necesitaba para vivir el dinero que le pagaba la empresa de mensajería. Pero siempre llegaban el sábado y el domingo y en esos dos días, esperados durante toda una semana de trabajo y entrenamientos, la felicidad iluminaba su rostro. Fintas, cabezazos, goles y el reconocimiento de todos los que disfrutaban de sus partidos. “¡Cómo juega!”.

Tan bien jugaba que un día recibió una oferta del Milán. Fueron días de nervios en su casa del barrio del Pilar. “¿Qué hago?, ¿me voy?, dicen que me van a pagar, pero tengo miedo de que la historia salga mal y cuando vuelva no pueda recuperar mi trabajo”. Y dijo que no al Milán y poco después al Torino. Italia se quedó sin sus goles.

Cuando estaba en la que dicen que es la mejor edad para jugar al fútbol, los veintiocho, cambiaron algunas cosas para bien. Su talento personal se unió al buen papel de la selección, que acabó tercera en la Eurocopa, un puesto fantástico comparado con las decepciones en otras citas en las que España ni siquiera lograba clasificarse. Con su juego y sus goles en el escaparate internacional, le llegó una nueva oferta del extranjero. Y aceptó.

Japón estaba lejos de Madrid, pero los ocho millones de las antiguas pesetas que percibió en un solo año en la liga nipona merecieron la pena. Vivía en una ciudad pequeña, cerca de Osaka, y su vida, por primera vez, era fútbol y solo fútbol. En la otra punta del mundo, lejos de todo, acabó dejando el Takarazuka por aburrimiento.

Regresó a Madrid y siguió jugando hasta que el Levante se cruzó en su camino. De nuevo podía vivir del balón, modestamente, pero vivir al fin y al cabo. Y marcar goles, eso no se olvida nunca porque, al igual que Hugo Sánchez, siempre dirigía su mirada a la red.

Al final de su carrera regresó a Madrid y durante cuatro temporadas jugó en el Atlético. Allí siguen recordando sus goles. También lo hace ella cuando cada mañana reparte paquetes en la furgoneta de una empresa de mensajería. Ya no se cala los huesos con la lluvia de otoño ni el sol le da de pleno en los veranos secos y calurosos de la capital. No es tan duro como la moto, pero tampoco es un lujo conducir durante ocho horas al día por las calles de Madrid.

Si hace balance, Mar Prieto puede estar satisfecha. Vistió la camiseta de España sesenta y cinco veces, marcó tantos goles que perdió la cuenta y disfrutó durante muchos años haciendo lo que más le gustaba. Otras lo tuvieron peor, como las chicas que les pedían a sus compañeras que les lavaran la ropa porque no se atrevían a decir en casa que de las muñecas únicamente les interesaban sus redondas cabezas.

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